Mi madre me fascina. Ya es un secreto a voces. Ella insistía en que había que ir a la inauguración, que no quedaba claro si era de la obra de construcción que agrandaba el salón –nunca se sabe de lo que esta mujer hace una fiesta- o si la inauguración se debía a infinidad de recortes plastificados que guarda, así como fotografías de papel baritado, regalos de todas las personas a las que ha ido intercambiando afectos a lo largo de su vida – que no son pocas-; o su última pasión, pinturas suyas y de sus amigos. Un simpático ‘grupete’ de mayores que reciben clases en el “hogar del fruto seco”, frases del ingenio de la Luli.
Tonta de mí me salté la inauguración, por no siempre tomarla lo suficientemente en serio. Pero no hace mucho fui a visitarlos a Jerez, a la casa de las toritillas de patatas, las albóndigas, los calidoscopios y las fotos que a todos nos mantienen siempre bien jóvenes. La casa de mis padres. Como dos chiquillos me esperaron en la puerta del principal. Cosa rara. Suele salir la mama con ojillos saltones y brazos abiertos; a papá hay que ir a buscarlo al sofá, frente al televisor, siempre sonríe desde su mundo y busca el contacto a través de alguna palmadita en la espalda. ¡La cosa es que había una cinta verdiblanca precintando la puerta! y dos caras de viejos locos, locos viejos llenos de ternura. Me nombraron importante dándome unas tijeras y concediéndome el honor de inaugurar… ¡no tenía ni idea de lo que me esperaba y me esperaba cualquier cosa!
Efectivamente el salón se había hecho más grande pero para mi sorpresa estaban las paredes llenas de auténticas obras de arte, de tesoros, diría. Recortes de prensa bien cuidados y subrayados. Mamá cuando trabajaba en el circuito de Jerez, la foto con el rey, algunas exposiciones de su hija la menor, pinturas. Un museo en casa y una foto que me trajo recuerdos auténticos, de los que huelen y saben cuando aparecen en tu cabeza. Una foto de hace unos 22 años, un recorte de prensa que se titulaba “Disfrutando de una improvisada acampada”. Me encantaba ese jersey de rayas, aparezco junto a mis amigos Dani y Julito, ¡vaya dos gamberros! Habíamos hecho una cabaña en pleno parque del barrio y pusimos a la venta los juguetes que ya no utilizábamos… y los vaqueros siempre llenos de verde, sobre todo las rodillas.
Esa foto puede ser de 1989. Recuerdo que era un chaval guapote el que se nos acercó, dijo que era de un periódico y que si podía hacernos una foto; claro, nosotros encantados. Hoy son 29 años y miro las imágenes de otra manera, desde fuera, aunque sintiendo por entero el encuadre.
Ese chaval guapote hoy lo conocéis todos, la foto la firma un tal Morenatti, sí, Emilio, jerezano también. Mi sorpresa fue mayúscula cuando no solo leí la firma, ya por costumbre, sino que reconocí a un compañero de trayectoria tan valorada y reconocida. Emilio Morenatti. Y me pregunto si por entonces ganaba 5,12 euros por foto publicada (tradúzcase a pesetas, me da igual). Me intriga su ilusión, me pregunto cómo se levantaría cada día al coger su mochila pesada.
Coincidencias de la vida ahora estaba en el Museo de mi madre, la misma que entre sus tantos trabajos fue reportera colaboradora (maldita palabreja engañosa) del mismo periódico que el chaval travieso Morenatti, el mismo que robaba papel del periódico y decía que era la mujer mayor (la mía madre). Hoy no puedo evitar la empatía con esta pequeña anécdota, para mí enorme.
Antes de ayer inauguramos exposición sobre los Derechos Humanos por parte de los compañeros fotoperiodistas de Granada. Tengo un buen cacho de corazón que late fuerte cuando escucha la palabra “fotoperiodista” pero me cuesta mucho creer en las condiciones tan sacudidas que protagonizan, también, esta palabra. Hoy quiero dedicarle este pequeño homenaje escrito a mis compañeros de Granada, a todos, a los que son amigos, a los que ya no, y a los que ni siquiera la vida nos ha encontrado en ese camino. También a mi madre, ¿cómo no?, hay que hacerlo en vida… que luego solo nos quedan las fotografías. De ella aprendí las ganas, la ilusión y a estar en esos tantos trabajos pero no olvidándote de ser feliz.
La fotografía para mí nunca puede pertenecer solo a un campo, es demasiado inmensa, creo que su deber es nutrirse constantemente de nuevos códigos… A Morenatti, paisano, compañero; porque es la foto más hermosa por la que he sido noticia. A Dani y a Julito… la vida está en los cardenales en la rodilla de cuando jugábamos en el parque.
El Museo de mi madre me ha traído buenos recuerdos que se han convertido en un puente, un puente entre Jerez, Granada y, ¿cómo no?, LA FOTOGRAFÍA.









